Catálogo

La Ascensión

Bajo las manos callosas y sucias de polvo de magnesio, la piedra se vuelve tibia y blanda. La barbilla apunta hacia arriba, donde está la meta.

Aferrarse a la roca, sentirla palpitar bajo los dedos, sentir los surcos que se adhieren a la suela de goma en la punta de los pies, sosteniendo con fuerza su piel maciza y arrugada, con la intención de hacer una caricia, pero lejos de serlo.

Aquel que escala tiene la mente enfocada, ocupada por un único pensamiento: subir.

La recompensa le espera después del último agarre. Premio abstracto, impalpable, pero tan real como la roca que lo soporta. Se impulsa, sin vacilación, sin dudas, sin temor.

Pero, si por casualidad lo venciera el miedo, si por casualidad la piedra se deslizara entre los dedos, el cuerpo que cae es la mente que se libera. No hay temor, no hay derrota, ni tampoco hay victoria. En el vacío de la caída, nacen alas, como las de los seres alados que observan a esos humanos extraños que buscan, en rincones de luz y sombra, granito y musgo, cal y ortiga, líquenes y Bromelias, la eterna ascensión.